Gracias María

… por alejarme de mi isla.

… por alejarme de mis amigos.

… alejarme de un amor sincero y puro.

Ahora estando lejos, me doy cuenta que mi felicidad nunca estará completa. Como bien dicen “en la vida no se puede tener todo” y como estaba cerca de tener todo lo que había soñado debías llegar a destruirlo, porque aparentemente en el libro de mi vida no hay espacios para sonreír o amar.  Sé que historias como estas hay miles, pero no tengo suficientes lagrimas.

Gracias María porque casi 7 meses después continúas arrebatándome la felicidad de las manos.

 

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Time to go

1:30 pm mi alarma está a punto de sonar.

Debo arreglarme para irme a trabajar.

1:35 pm Tengo tiempo, pienso.

1:36 pm mi mano se aventura dentro de mis panties. Lo muevo al lado.

1:37 pm  le abro paso a mis dedos y comienzo a hacer movimientos circulares con la yema de mi dedo indice. No sin antes haberlo pasado por mi boca.

1:38 pm poco a poco voy metiendo mis dedos un  poco más adentro.

1:39 pm la humedad es evidente. Abro un poco más mis piernas.

1:40 pm mis dedos comienzan a entrar y  a salir.

Me toco mis senos, los acerco a mi boca, los muerdo, los saboreo.

Mis dedos no han dejado de entrar y salir

Comienzo a gemir….

 Siento el cosquilleo por todo mi cuerpo.

Me dejo llevar. Mis dedos van más rápido, me froto cada vez más fuerte, me gusta lo que siento, lo disfruto. Gimo, no dejo de gemir.

2:00 pm [beep] [beep]

   “Ummm, ummm. Qué rico”

  Pienso en los últimos videos que recibí está mañana.

No dejo de mover mis dedos. Pienso en como movía su mano en el video. Recuerdo esa cara de deseo. Pienso en que su mano podría ser yo moviéndome una y otra vez sobre él.  Muevo mis manos al mismo rito en que él la desliza una y otra vez sobre su pene. No quiero parar, es tan rico. Cierro mis ojos y dejo que por mi cuerpo recorra esa sensación de satisfacción que solo se encuentra esos instantes cuando llegas al clímax.

3:10 pm ¡Mierda! Voy tarde al trabajo.

Si va a pasar, pasará.

Y si no va a pasar que se acabe ya pa’ que el dolor se vaya.

Mientras tanto, fluyo.

Casi 30 años y aún no puedo controlar los impulsos de la adolescente que vive en mí.  Digo todo lo que siento aunque no sea en el momento correcto, la cago mil veces al día, intento que todos a mi alrededor sean felices, si me importas te lo recuerdo a cada instante, cuando quiero lo entrego todo, confío…

Lo triste de compartir mi cuerpo con esa pasión de adolescente es que no siempre esa pureza de corazón se valora entre el mundo gris y complicado de los adultos, por lo que salir lastimada o ser incomprendida es cosa de todos los días. Noches como estas son en las que me siento perdida, en las que comienzo a odiar esa niña que sueña y me molesto con la mujer de 30 años que perdió muchos tiempo pensando en que para comerse el mundo solo necesitaba ganas.

Sonrío, lloro, me enamoro y me siento a observar lo mierda que es todo.

Desahogo: Vol. I| No. 1| Año 2018

Ya es costumbre sentarme frente a la computadora a escribir cuando las cosas van mal. Quizás mi futuro como escritora solo podría ser exitoso si mi vida se convierte en un completo fracaso.

Como saben, María ha obligado a cientos de puertorriqueños a dejar la isla en busca de mejores oportunidades, yo no fui la excepción. Un 31 de diciembre de 2016, junto a mi hijo, Gael,  tomé el avión que dejaría a un lado  lo que comenzaba ser pura felicidad – al menos así lo consideraba yo – buen trabajo, tiempo para mi familia y amigos, un hombre con las características que siempre soñé, una carrera universitaria que apenas comenzaba; sin embargo, hoy solo tengo la incertidumbre acerca del mañana.  Recuerdo el momento en que atravesé las puertas de cristal del aeropuerto y con lágrimas en los ojos me despedía de lo que se había convertido en mi otra mitad, en personas que se ganaron mi cariño y una posición significativa en mi vida.  Fue la despedida más dolorosa que he tenido. Las lágrimas regresan de solo recordarlo.

He sido fuerte. Soy capaz de soportar situaciones que otros no podrían, pero hoy no puedo más. Llevo 29 días en Florida y no dejo de culpar a María por haberme alejado de la gente que quiero, porque aunque soy fuerte mis ojos no dejan de llenarse de lágrimas al pensar en lo que perdí, en lo que dejé atrás, en ver como lo que apenas comenzaba a construir se rompe poco a poco, en no saber que me espera. Intento ser lo más positiva que puedo, pues mi hijo me observa y me imita, pero ¿qué tan positiva puedo ser cuando recibes un correo electrónico a las  8:10 a.m. dejándote saber que en un mes debes irte de tu casa y buscar otra? Claro, cambiar de casa es algo normal entre las personas que acaban de llegar a Estados Unidos, pero en mi caso representa buscar dinero extra,  someter a mi hijo a más cambios y sin duda, el inicio de muchas noches sin dormir. Tengo un plan, alguien me enseñó hace poco que en la vida hay que tener más de uno.  Todo estará bien supongo, pero el proceso cada vez es más doloroso.

Quiero un abrazo. Necesito un abrazo, pero de esos que son tan fuertes que sienten los latidos del corazón de la otra persona.

Pronto visitaré la isla y aunque les he dicho a algunos que es para resolver cuestiones gubernamentales, la realidad es que voy en busca de ese abrazo. Regreso para tener la posibilidad de ignorar mi situación por unos días, para abrazar y querer intensamente, porque no sé si esta vez cuando cruce las puertas de cristal del aeropuerto no vuelva a sentir esos brazos.

Gracias María, gracias por  alejarme de lo que verdaderamente quería. Ahora me tocará ser doblemente fuerte, regresar a la burbuja que me protegía, volver a soñar en lo que pudo ser y no fue, me tocará vivir del recuerdo de aquellos días donde mi sonrisa estaba a flor a piel y mi corazón latía.

 

No y no quiero

Quiero escribir, pero no encuentro las palabras para hacerlo. Me duele el alma, mi cuerpo hace de forma mecánica los quehaceres diarios porque no soy capaz de hacerlos por mí misma. Me voy y no quiero hacerlo. Abandonar mi isla en estas circunstancias va en contra de mis ideales, de esa idea de luchar hasta las últimas por la patria que me vio nacer, pero aquí estoy, sin palabras que puedan sanar la herida que está próxima a abrirse. No sé cuánto falta para cambiar este suelo caribeño lleno de color, por uno gris lleno de cemento donde el vecino jamás es conocido y la familia solo ve una vez al año. Me vació, me muero  poco a poco por dentro, quiero con más intensidad y la idea de despedirme me envejece cada día más. Estoy triste.

Conducir a mi trabajo se torna una ruta de llantos y lágrimas al ver la mono estrellada en la cima de la montaña, al escuchar el himno, al ver el mar que no tocará mis pies hasta Dios sabe cuándo.  No me quiero ir, no quiero dejar mi gente, no quiero dejar las noches llena de estrellas, no quiero dejar de escuchar los refranes de los viejos, no quiero, no quiero, no quiero.

Algunos dicen que el cambio no es malo, que todo irá bien, que nada es tan malo como parece; todo esto lo sé, pero nadie entiende lo que conlleva comprar un boleto de ida y no de regreso, un boleto que quizás me permita ver desde el cielo por última vez la isla. Sé que regresaré, sé que buscaré excusas para volver a sentir esta tierra en mis pies, pero mientras eso pasa una parte de mí se queda aquí.

¿Por qué me voy si no quiero? Mi hijo. No me siento lo suficientemente fuerte para decirle que preferí pensar en mí y no en él. Ahora mi lucha se transforma. Ahora debo asegurar que en su boca no falte comida, que aprenda la historia de su país, que no olvide su lengua, y lo más importante, que no olvide que si nos fuimos fue para que desde otro suelo ayudar a los que se quedaron, a los que sacan la cara por defender lo poco que nos queda.

Me voy y no quiero hacerlo, pero no tengo de otra. La lucha no cambia, se transforma y dese otro suelo seguiré velando por este pedazo de tierra que me vio nacer.

Claje’ e cogida de pendejo

Siempre pensé que ser adulto y  tener una familia era algo sencillo.  Solo debía tener un buen trabajo, convertirme en profesional, encontrar al hombre con quien compartir toda una vida, tener hijos saludables, hacer get togethers  con las amistades más cercanas, comprar casa e ir los veranos a Disney. ¡Qué Claje’ e cogida de pendejo nos dieron!  Busquen el control remoto de mi vida y denle rewind.

Hoy en día trabajar es más importante que estudiar, porque los libros no te ponen un plato en la mesa – al menos no de inmediato -, si estudias mucho estás sobre cualificado y pensar en irte no es una opción porque no tiene ahorros por falta de trabajo. ¿Encontrar a un hombre? Fucking chiste. Ellos están hoy y mañana no, eso sí, cumplen con hacerte el hijo para contribuir a la sobrepoblación y así poder tomarle fotos una vez al mes con el título “El amor de mi vida” o “Ha crecido tanto”.  Una casa propia es una misión imposible. La tarjeta de crédito para  universitarios dañó mi crédito, se tuvo que usar para hacer encargos y evitar que cortaran la luz cuando me quedé sin trabajo y vivía sola lejos de mami. ¿Viajar? ¿Qué es eso?  A penas puedo ir a un Burger King con los cupones que te regalan en la gasolinera. Definitivo crecer fue la cogida de pendejo más grande que me han dado. Pensar que mi mamá lo hacía ver como si fuese fácil.

Hoy me siento a contemplar lo poco que tengo, a intentar respirar un poco de las preguntas constantes de un niño que no entiende que su madre está en estrés porque lleva un mes sin cobrar y no encuentra como darle la cara a la dueña de su casa. Me siento a pensar en que alternativas tengo, intento ver que me puede dar el futuro. La vida es dura y en este país más. No encuentro como respirar cuando hasta aquellos que se supone que están ahí para ti, solo aprietan más fuerte la soga que está en tu cuello.

Me encantaría escribir, escribir historias como siempre, pero esta vez la historia de terror de alguien más se convirrtió en mi realidad. Una realidad que no puedo evadir, una realidad que no me permite buscar refugio en la literatura porque ni las deudas, la necesidad o el hambre conocen de eso. Que conste, no me estoy quejando. Esto es lo que me ha tocado vivir, las malas decisiones me han dejando aquí y no tengo más remedio que limpiarme las rodillas y seguir aunque más adelante tenga que parar una vez más a llorar como hoy.

En mi frente dice: “Soy una bellaca”

Sí, lo dice. Solo que cuando me miro en el espejo se desvanece, se esconde, se borra. No me explico. Yo leo, releo y analizo mis conversaciones  en Facebook o  Instagram y son normales. Wait! ¿No será acaso que soy muy  old school en mi forma de pensar? Pero que de old school puede haber en agregar a alguien a alguna red social y decirle “Hola”, hablar del día, metas, de los jodido que está el país o de la necesidad de una medalla fría para sobrevivir el puto calor de las doce del mediodía en Santurce.

Se ha vuelto costumbre que en medio de estas conversaciones de la nada  -porque créanme que es de la nada-  aparezca entre medio del “Buenos días” y “¿Qué tal” una foto de su bicho.  Sí, la de un bicho, de un pene, de una verga, de un miembro. Un bicho blanquito, erecto, rosadito; a la verdad que hasta apetecible se ve, pero ¿Cuál es la necesidad?

Es ahí en pleno “Buenos días”, “Estoy en el mall” y el “¿Cómo está tu esposa?”, que comienza la insistencia de un encuentro. Las invitaciones van un aumento a la vez que los mensajes dejados en visto, disminuyendo los “Hola, ¿Todo bien?”.  Les digo yo leo, releo y analizo. Quizás decir que me hace falta una medalla es el argumento para pensar Esta bebe, se lo puedo meter. Mano, ¡NO! Hasta las monjas se dan un vinito y su vagina está inaccesible – se supone-.  Me gusta beber y lo hago con la frecuencia y la intensidad en que mi bolsillo y el trabajo me lo permiten, pero esta práctica no es tu boleto VIP de entrada a mis piernas.

Soy una mujer soltera y aunque la idea de encontrar en el camino a alguien es real, la falta de buenos candidatos comienza a matar la idea poco a poco. Si te añadí a alguna red social de seguro fue por una de dos razones: me pareciste guapo  o comentaste en algún lugar algo que me pareció interesante. Como se observa, ninguna de las razones se relaciona con la necesidad de querer ver tu bicho en mi celular. Claro, no es que no quiera hacerlo, pero  primero hablemos. A mí me baja el panti quien me hable de historia, libros, política, música, etc., no el tipo que me dice que me quiere ver el culo.

De todos modos, me encuentro camino a walgreens a comprarme una mejor base, si en mi frente dice tal cosa debo esconderla, no todos te pueden conocer completamente de la primera.