Si va a pasar, pasará.

Y si no va a pasar que se acabe ya pa’ que el dolor se vaya.

Mientras tanto, fluyo.

Casi 30 años y aún no puedo controlar los impulsos de la adolescente que vive en mí.  Digo todo lo que siento aunque no sea en el momento correcto, la cago mil veces al día, intento que todos a mi alrededor sean felices, si me importas te lo recuerdo a cada instante, cuando quiero lo entrego todo, confío…

Lo triste de compartir mi cuerpo con esa pasión de adolescente es que no siempre esa pureza de corazón se valora entre el mundo gris y complicado de los adultos, por lo que salir lastimada o ser incomprendida es cosa de todos los días. Noches como estas son en las que me siento perdida, en las que comienzo a odiar esa niña que sueña y me molesto con la mujer de 30 años que perdió muchos tiempo pensando en que para comerse el mundo solo necesitaba ganas.

Sonrío, lloro, me enamoro y me siento a observar lo mierda que es todo.

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Desahogo: Vol. I| No. 1| Año 2018

Ya es costumbre sentarme frente a la computadora a escribir cuando las cosas van mal. Quizás mi futuro como escritora solo podría ser exitoso si mi vida se convierte en un completo fracaso.

Como saben, María ha obligado a cientos de puertorriqueños a dejar la isla en busca de mejores oportunidades, yo no fui la excepción. Un 31 de diciembre de 2016, junto a mi hijo, Gael,  tomé el avión que dejaría a un lado  lo que comenzaba ser pura felicidad – al menos así lo consideraba yo – buen trabajo, tiempo para mi familia y amigos, un hombre con las características que siempre soñé, una carrera universitaria que apenas comenzaba; sin embargo, hoy solo tengo la incertidumbre acerca del mañana.  Recuerdo el momento en que atravesé las puertas de cristal del aeropuerto y con lágrimas en los ojos me despedía de lo que se había convertido en mi otra mitad, en personas que se ganaron mi cariño y una posición significativa en mi vida.  Fue la despedida más dolorosa que he tenido. Las lágrimas regresan de solo recordarlo.

He sido fuerte. Soy capaz de soportar situaciones que otros no podrían, pero hoy no puedo más. Llevo 29 días en Florida y no dejo de culpar a María por haberme alejado de la gente que quiero, porque aunque soy fuerte mis ojos no dejan de llenarse de lágrimas al pensar en lo que perdí, en lo que dejé atrás, en ver como lo que apenas comenzaba a construir se rompe poco a poco, en no saber que me espera. Intento ser lo más positiva que puedo, pues mi hijo me observa y me imita, pero ¿qué tan positiva puedo ser cuando recibes un correo electrónico a las  8:10 a.m. dejándote saber que en un mes debes irte de tu casa y buscar otra? Claro, cambiar de casa es algo normal entre las personas que acaban de llegar a Estados Unidos, pero en mi caso representa buscar dinero extra,  someter a mi hijo a más cambios y sin duda, el inicio de muchas noches sin dormir. Tengo un plan, alguien me enseñó hace poco que en la vida hay que tener más de uno.  Todo estará bien supongo, pero el proceso cada vez es más doloroso.

Quiero un abrazo. Necesito un abrazo, pero de esos que son tan fuertes que sienten los latidos del corazón de la otra persona.

Pronto visitaré la isla y aunque les he dicho a algunos que es para resolver cuestiones gubernamentales, la realidad es que voy en busca de ese abrazo. Regreso para tener la posibilidad de ignorar mi situación por unos días, para abrazar y querer intensamente, porque no sé si esta vez cuando cruce las puertas de cristal del aeropuerto no vuelva a sentir esos brazos.

Gracias María, gracias por  alejarme de lo que verdaderamente quería. Ahora me tocará ser doblemente fuerte, regresar a la burbuja que me protegía, volver a soñar en lo que pudo ser y no fue, me tocará vivir del recuerdo de aquellos días donde mi sonrisa estaba a flor a piel y mi corazón latía.

 

No y no quiero

Quiero escribir, pero no encuentro las palabras para hacerlo. Me duele el alma, mi cuerpo hace de forma mecánica los quehaceres diarios porque no soy capaz de hacerlos por mí misma. Me voy y no quiero hacerlo. Abandonar mi isla en estas circunstancias va en contra de mis ideales, de esa idea de luchar hasta las últimas por la patria que me vio nacer, pero aquí estoy, sin palabras que puedan sanar la herida que está próxima a abrirse. No sé cuánto falta para cambiar este suelo caribeño lleno de color, por uno gris lleno de cemento donde el vecino jamás es conocido y la familia solo ve una vez al año. Me vació, me muero  poco a poco por dentro, quiero con más intensidad y la idea de despedirme me envejece cada día más. Estoy triste.

Conducir a mi trabajo se torna una ruta de llantos y lágrimas al ver la mono estrellada en la cima de la montaña, al escuchar el himno, al ver el mar que no tocará mis pies hasta Dios sabe cuándo.  No me quiero ir, no quiero dejar mi gente, no quiero dejar las noches llena de estrellas, no quiero dejar de escuchar los refranes de los viejos, no quiero, no quiero, no quiero.

Algunos dicen que el cambio no es malo, que todo irá bien, que nada es tan malo como parece; todo esto lo sé, pero nadie entiende lo que conlleva comprar un boleto de ida y no de regreso, un boleto que quizás me permita ver desde el cielo por última vez la isla. Sé que regresaré, sé que buscaré excusas para volver a sentir esta tierra en mis pies, pero mientras eso pasa una parte de mí se queda aquí.

¿Por qué me voy si no quiero? Mi hijo. No me siento lo suficientemente fuerte para decirle que preferí pensar en mí y no en él. Ahora mi lucha se transforma. Ahora debo asegurar que en su boca no falte comida, que aprenda la historia de su país, que no olvide su lengua, y lo más importante, que no olvide que si nos fuimos fue para que desde otro suelo ayudar a los que se quedaron, a los que sacan la cara por defender lo poco que nos queda.

Me voy y no quiero hacerlo, pero no tengo de otra. La lucha no cambia, se transforma y dese otro suelo seguiré velando por este pedazo de tierra que me vio nacer.

Claje’ e cogida de pendejo

Siempre pensé que ser adulto y  tener una familia era algo sencillo.  Solo debía tener un buen trabajo, convertirme en profesional, encontrar al hombre con quien compartir toda una vida, tener hijos saludables, hacer get togethers  con las amistades más cercanas, comprar casa e ir los veranos a Disney. ¡Qué Claje’ e cogida de pendejo nos dieron!  Busquen el control remoto de mi vida y denle rewind.

Hoy en día trabajar es más importante que estudiar, porque los libros no te ponen un plato en la mesa – al menos no de inmediato -, si estudias mucho estás sobre cualificado y pensar en irte no es una opción porque no tiene ahorros por falta de trabajo. ¿Encontrar a un hombre? Fucking chiste. Ellos están hoy y mañana no, eso sí, cumplen con hacerte el hijo para contribuir a la sobrepoblación y así poder tomarle fotos una vez al mes con el título “El amor de mi vida” o “Ha crecido tanto”.  Una casa propia es una misión imposible. La tarjeta de crédito para  universitarios dañó mi crédito, se tuvo que usar para hacer encargos y evitar que cortaran la luz cuando me quedé sin trabajo y vivía sola lejos de mami. ¿Viajar? ¿Qué es eso?  A penas puedo ir a un Burger King con los cupones que te regalan en la gasolinera. Definitivo crecer fue la cogida de pendejo más grande que me han dado. Pensar que mi mamá lo hacía ver como si fuese fácil.

Hoy me siento a contemplar lo poco que tengo, a intentar respirar un poco de las preguntas constantes de un niño que no entiende que su madre está en estrés porque lleva un mes sin cobrar y no encuentra como darle la cara a la dueña de su casa. Me siento a pensar en que alternativas tengo, intento ver que me puede dar el futuro. La vida es dura y en este país más. No encuentro como respirar cuando hasta aquellos que se supone que están ahí para ti, solo aprietan más fuerte la soga que está en tu cuello.

Me encantaría escribir, escribir historias como siempre, pero esta vez la historia de terror de alguien más se convirrtió en mi realidad. Una realidad que no puedo evadir, una realidad que no me permite buscar refugio en la literatura porque ni las deudas, la necesidad o el hambre conocen de eso. Que conste, no me estoy quejando. Esto es lo que me ha tocado vivir, las malas decisiones me han dejando aquí y no tengo más remedio que limpiarme las rodillas y seguir aunque más adelante tenga que parar una vez más a llorar como hoy.

En mi frente dice: “Soy una bellaca”

Sí, lo dice. Solo que cuando me miro en el espejo se desvanece, se esconde, se borra. No me explico. Yo leo, releo y analizo mis conversaciones  en Facebook o  Instagram y son normales. Wait! ¿No será acaso que soy muy  old school en mi forma de pensar? Pero que de old school puede haber en agregar a alguien a alguna red social y decirle “Hola”, hablar del día, metas, de los jodido que está el país o de la necesidad de una medalla fría para sobrevivir el puto calor de las doce del mediodía en Santurce.

Se ha vuelto costumbre que en medio de estas conversaciones de la nada  -porque créanme que es de la nada-  aparezca entre medio del “Buenos días” y “¿Qué tal” una foto de su bicho.  Sí, la de un bicho, de un pene, de una verga, de un miembro. Un bicho blanquito, erecto, rosadito; a la verdad que hasta apetecible se ve, pero ¿Cuál es la necesidad?

Es ahí en pleno “Buenos días”, “Estoy en el mall” y el “¿Cómo está tu esposa?”, que comienza la insistencia de un encuentro. Las invitaciones van un aumento a la vez que los mensajes dejados en visto, disminuyendo los “Hola, ¿Todo bien?”.  Les digo yo leo, releo y analizo. Quizás decir que me hace falta una medalla es el argumento para pensar Esta bebe, se lo puedo meter. Mano, ¡NO! Hasta las monjas se dan un vinito y su vagina está inaccesible – se supone-.  Me gusta beber y lo hago con la frecuencia y la intensidad en que mi bolsillo y el trabajo me lo permiten, pero esta práctica no es tu boleto VIP de entrada a mis piernas.

Soy una mujer soltera y aunque la idea de encontrar en el camino a alguien es real, la falta de buenos candidatos comienza a matar la idea poco a poco. Si te añadí a alguna red social de seguro fue por una de dos razones: me pareciste guapo  o comentaste en algún lugar algo que me pareció interesante. Como se observa, ninguna de las razones se relaciona con la necesidad de querer ver tu bicho en mi celular. Claro, no es que no quiera hacerlo, pero  primero hablemos. A mí me baja el panti quien me hable de historia, libros, política, música, etc., no el tipo que me dice que me quiere ver el culo.

De todos modos, me encuentro camino a walgreens a comprarme una mejor base, si en mi frente dice tal cosa debo esconderla, no todos te pueden conocer completamente de la primera.

Carta abierta

14 de junio de 2017

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Me preguntas si sonrío. Claro, cómo no hacerlo cuando por dentro el hueco en pecho se hace más grande. Me resulta inevitable no llorar con una sonrisa a flor de piel para que gente como tú piense que estoy bien, que la vida más que desgracias me ha regalado alegrías.  Mírame. Mírame a las ojos y sabrás la verdad, pero no, eres parte de ese grupo que solo mira al suelo al preguntar el típico “Hola, ¿qué tal? “. Mírame, no te atreves. Acaso te avergüenza reconocer que nunca estuviste ahí.

Si hoy me voy, ¿sabrías las razones? o ¿te sentirías mal por no saber nada? ¿Podrías explicarle a mi mamá que pasó? ¿Podrías darle la cara a mi hijo? No sé, posiblemente ni tú sabes, pero igual vas a  agarrar el teléfono y vas preparando el estatus sobre la importancia de la amistad, el cariño que me tenían, taguearan a mi mamá para darle el pésame. A su vez buscaran en Intagram con mucho trabajo todas las fotos que podríamos tener de años atrás para publicarlas con un mensaje que podría enternecer el corazón de todos los dictadores de América Latina juntos.

Cada año con los Facebook Memories recordaras mi existencia, solo una vez lo recordaras y no por la falta, sino por un generador aleatorios de recuerdos de una red social. Me doy pena, doy pena por pensar que la comunicación en la actualidad es sinónimo de unión, pero no, hoy, es sinónimo de egoísmo, narcicismo, de apariencias.

Grité. Grité, Grité.

Grité hasta en el silencio la necesidad de un abrazo, de un hombro, de un todo estará bien. Nadie me escuchó, ni siquiera a los que les decía al oído, no estoy bien con una sonrisa falsa, una sonrisa a medias. Quiero correr lejos, donde no necesite sonreír más, donde este hoyo en el pecho no se vuelva más grande y oscuro. Donde ni siquiera pueda escuchar el sonido de mis teclas al escribir estas letras con los ojos humedecidos.

Una vez más gracias por tu incapacidad de ver lo que se esconde detrás de una sonrisa de un amigo.

Buen día,

No importa ya quien firma.

Encuentro

Me miro, pero no me veo. Sin embargo, me toco y aún me siento. No reconozco mis ojos o mis labios, pero sí mis dedos al adentrarse en mí.

Escucho voces. No logro distinguir ninguna. No me limito, cierro los ojos y sigo.

Poco a poco siento el rio que comienza a brotar entre mis muslos, las gotas de sudor comienzan poco a poco a deslizarse en el espacio entre mis pechos. Mi corazón late con más intensidad, late al mismo rito que mis dedos entran y salen.

Me muevo. Intento seguir el ritmo de mis dedos. Los alejo un poco y los llevo a mis labios, quiero cerrar los ojos y memorizar mi sabor. Ese sabor a pasión, deseo, placer; ese sabor tan mío.

Me gusta lo que pruebo. El rio entre mis piernas se incrementa. Mi lengua moja mis dedos, los prepara para volver a moverse entre mis muslos. Mi otra mano recorre cada espacio, lo acaricia, lo aprieta, lo saborea.

Las voces se escuchan más cerca, más fuertes. No me importa. Solo necesito tres minutos más.

Con delicadeza froto el centro. Siento como se disparan por mi cuerpo sensaciones, cosquilleos. Respiro profundo, ahogo el deseo de gritar. Llevo mis dedos una vez más a mis labios, esta vez los mojo más, los llevo entre mis piernas y le doy pequeños golpes. Las sensaciones son más intensas, los cosquilleos invaden cada espacio de mí. Mi mano sigue apretando mis pechos, mis muslos, mis caderas.

Las voces están justo detrás de la puerta o ¿están en mi cabeza? No importa. Comienzo a distinguirla. No importa. Un minuto más.

Levanto mis nalgas, quiero que los dedos entren con mayor fuerza, más profundo, quiero sentir más. Aumenta el ritmo, intento no hacer ruido, pero no aguanto, exploto, grito, me aprieto más fuerte. El agua entre mis piernas aumenta, no quiero que se acabe, continuó moviendo mis dedos, sigo gritando.

La puerta se abre. Abro los ojos.

Yo logro venirme.

Veo quien está en la puerta, pero no me reconoce. Giro un poco la cabeza y me miro en el espejo.  Reconozco mis labios, mis ojos, mi cuerpo; esta mujer sí soy yo y no la que  me mira parada en la puerta de mi cabeza.