Detente. Para. No quiero.

Se desabrocha su correa.

Por favor, te lo suplico. Para.

Se baja el pantalón hasta las rodillas

Podría ser tu hermana, yo podría ser tu hija.

Me abre las piernas.

No, por favor.

 Agarra mi pecho mientras me penetra.

Eres un imbécil.

Y tú, una dulzura. Dile a tu padre que queda saldo.

 

 

 

 

 

Anuncios

Time to go

1:30 pm mi alarma está a punto de sonar.

Debo arreglarme para irme a trabajar.

1:35 pm Tengo tiempo, pienso.

1:36 pm mi mano se aventura dentro de mis panties. Lo muevo al lado.

1:37 pm  le abro paso a mis dedos y comienzo a hacer movimientos circulares con la yema de mi dedo indice. No sin antes haberlo pasado por mi boca.

1:38 pm poco a poco voy metiendo mis dedos un  poco más adentro.

1:39 pm la humedad es evidente. Abro un poco más mis piernas.

1:40 pm mis dedos comienzan a entrar y  a salir.

Me toco mis senos, los acerco a mi boca, los muerdo, los saboreo.

Mis dedos no han dejado de entrar y salir

Comienzo a gemir….

 Siento el cosquilleo por todo mi cuerpo.

Me dejo llevar. Mis dedos van más rápido, me froto cada vez más fuerte, me gusta lo que siento, lo disfruto. Gimo, no dejo de gemir.

2:00 pm [beep] [beep]

   “Ummm, ummm. Qué rico”

  Pienso en los últimos videos que recibí está mañana.

No dejo de mover mis dedos. Pienso en como movía su mano en el video. Recuerdo esa cara de deseo. Pienso en que su mano podría ser yo moviéndome una y otra vez sobre él.  Muevo mis manos al mismo rito en que él la desliza una y otra vez sobre su pene. No quiero parar, es tan rico. Cierro mis ojos y dejo que por mi cuerpo recorra esa sensación de satisfacción que solo se encuentra esos instantes cuando llegas al clímax.

3:10 pm ¡Mierda! Voy tarde al trabajo.

Desahogo: Vol. I| No. 1| Año 2018

Ya es costumbre sentarme frente a la computadora a escribir cuando las cosas van mal. Quizás mi futuro como escritora solo podría ser exitoso si mi vida se convierte en un completo fracaso.

Como saben, María ha obligado a cientos de puertorriqueños a dejar la isla en busca de mejores oportunidades, yo no fui la excepción. Un 31 de diciembre de 2016, junto a mi hijo, Gael,  tomé el avión que dejaría a un lado  lo que comenzaba ser pura felicidad – al menos así lo consideraba yo – buen trabajo, tiempo para mi familia y amigos, un hombre con las características que siempre soñé, una carrera universitaria que apenas comenzaba; sin embargo, hoy solo tengo la incertidumbre acerca del mañana.  Recuerdo el momento en que atravesé las puertas de cristal del aeropuerto y con lágrimas en los ojos me despedía de lo que se había convertido en mi otra mitad, en personas que se ganaron mi cariño y una posición significativa en mi vida.  Fue la despedida más dolorosa que he tenido. Las lágrimas regresan de solo recordarlo.

He sido fuerte. Soy capaz de soportar situaciones que otros no podrían, pero hoy no puedo más. Llevo 29 días en Florida y no dejo de culpar a María por haberme alejado de la gente que quiero, porque aunque soy fuerte mis ojos no dejan de llenarse de lágrimas al pensar en lo que perdí, en lo que dejé atrás, en ver como lo que apenas comenzaba a construir se rompe poco a poco, en no saber que me espera. Intento ser lo más positiva que puedo, pues mi hijo me observa y me imita, pero ¿qué tan positiva puedo ser cuando recibes un correo electrónico a las  8:10 a.m. dejándote saber que en un mes debes irte de tu casa y buscar otra? Claro, cambiar de casa es algo normal entre las personas que acaban de llegar a Estados Unidos, pero en mi caso representa buscar dinero extra,  someter a mi hijo a más cambios y sin duda, el inicio de muchas noches sin dormir. Tengo un plan, alguien me enseñó hace poco que en la vida hay que tener más de uno.  Todo estará bien supongo, pero el proceso cada vez es más doloroso.

Quiero un abrazo. Necesito un abrazo, pero de esos que son tan fuertes que sienten los latidos del corazón de la otra persona.

Pronto visitaré la isla y aunque les he dicho a algunos que es para resolver cuestiones gubernamentales, la realidad es que voy en busca de ese abrazo. Regreso para tener la posibilidad de ignorar mi situación por unos días, para abrazar y querer intensamente, porque no sé si esta vez cuando cruce las puertas de cristal del aeropuerto no vuelva a sentir esos brazos.

Gracias María, gracias por  alejarme de lo que verdaderamente quería. Ahora me tocará ser doblemente fuerte, regresar a la burbuja que me protegía, volver a soñar en lo que pudo ser y no fue, me tocará vivir del recuerdo de aquellos días donde mi sonrisa estaba a flor a piel y mi corazón latía.

 

No y no quiero

Quiero escribir, pero no encuentro las palabras para hacerlo. Me duele el alma, mi cuerpo hace de forma mecánica los quehaceres diarios porque no soy capaz de hacerlos por mí misma. Me voy y no quiero hacerlo. Abandonar mi isla en estas circunstancias va en contra de mis ideales, de esa idea de luchar hasta las últimas por la patria que me vio nacer, pero aquí estoy, sin palabras que puedan sanar la herida que está próxima a abrirse. No sé cuánto falta para cambiar este suelo caribeño lleno de color, por uno gris lleno de cemento donde el vecino jamás es conocido y la familia solo ve una vez al año. Me vació, me muero  poco a poco por dentro, quiero con más intensidad y la idea de despedirme me envejece cada día más. Estoy triste.

Conducir a mi trabajo se torna una ruta de llantos y lágrimas al ver la mono estrellada en la cima de la montaña, al escuchar el himno, al ver el mar que no tocará mis pies hasta Dios sabe cuándo.  No me quiero ir, no quiero dejar mi gente, no quiero dejar las noches llena de estrellas, no quiero dejar de escuchar los refranes de los viejos, no quiero, no quiero, no quiero.

Algunos dicen que el cambio no es malo, que todo irá bien, que nada es tan malo como parece; todo esto lo sé, pero nadie entiende lo que conlleva comprar un boleto de ida y no de regreso, un boleto que quizás me permita ver desde el cielo por última vez la isla. Sé que regresaré, sé que buscaré excusas para volver a sentir esta tierra en mis pies, pero mientras eso pasa una parte de mí se queda aquí.

¿Por qué me voy si no quiero? Mi hijo. No me siento lo suficientemente fuerte para decirle que preferí pensar en mí y no en él. Ahora mi lucha se transforma. Ahora debo asegurar que en su boca no falte comida, que aprenda la historia de su país, que no olvide su lengua, y lo más importante, que no olvide que si nos fuimos fue para que desde otro suelo ayudar a los que se quedaron, a los que sacan la cara por defender lo poco que nos queda.

Me voy y no quiero hacerlo, pero no tengo de otra. La lucha no cambia, se transforma y dese otro suelo seguiré velando por este pedazo de tierra que me vio nacer.

En mi frente dice: “Soy una bellaca”

Sí, lo dice. Solo que cuando me miro en el espejo se desvanece, se esconde, se borra. No me explico. Yo leo, releo y analizo mis conversaciones  en Facebook o  Instagram y son normales. Wait! ¿No será acaso que soy muy  old school en mi forma de pensar? Pero que de old school puede haber en agregar a alguien a alguna red social y decirle “Hola”, hablar del día, metas, de los jodido que está el país o de la necesidad de una medalla fría para sobrevivir el puto calor de las doce del mediodía en Santurce.

Se ha vuelto costumbre que en medio de estas conversaciones de la nada  -porque créanme que es de la nada-  aparezca entre medio del “Buenos días” y “¿Qué tal” una foto de su bicho.  Sí, la de un bicho, de un pene, de una verga, de un miembro. Un bicho blanquito, erecto, rosadito; a la verdad que hasta apetecible se ve, pero ¿Cuál es la necesidad?

Es ahí en pleno “Buenos días”, “Estoy en el mall” y el “¿Cómo está tu esposa?”, que comienza la insistencia de un encuentro. Las invitaciones van un aumento a la vez que los mensajes dejados en visto, disminuyendo los “Hola, ¿Todo bien?”.  Les digo yo leo, releo y analizo. Quizás decir que me hace falta una medalla es el argumento para pensar Esta bebe, se lo puedo meter. Mano, ¡NO! Hasta las monjas se dan un vinito y su vagina está inaccesible – se supone-.  Me gusta beber y lo hago con la frecuencia y la intensidad en que mi bolsillo y el trabajo me lo permiten, pero esta práctica no es tu boleto VIP de entrada a mis piernas.

Soy una mujer soltera y aunque la idea de encontrar en el camino a alguien es real, la falta de buenos candidatos comienza a matar la idea poco a poco. Si te añadí a alguna red social de seguro fue por una de dos razones: me pareciste guapo  o comentaste en algún lugar algo que me pareció interesante. Como se observa, ninguna de las razones se relaciona con la necesidad de querer ver tu bicho en mi celular. Claro, no es que no quiera hacerlo, pero  primero hablemos. A mí me baja el panti quien me hable de historia, libros, política, música, etc., no el tipo que me dice que me quiere ver el culo.

De todos modos, me encuentro camino a walgreens a comprarme una mejor base, si en mi frente dice tal cosa debo esconderla, no todos te pueden conocer completamente de la primera.

Encuentro

Me miro, pero no me veo. Sin embargo, me toco y aún me siento. No reconozco mis ojos o mis labios, pero sí mis dedos al adentrarse en mí.

Escucho voces. No logro distinguir ninguna. No me limito, cierro los ojos y sigo.

Poco a poco siento el rio que comienza a brotar entre mis muslos, las gotas de sudor comienzan poco a poco a deslizarse en el espacio entre mis pechos. Mi corazón late con más intensidad, late al mismo rito que mis dedos entran y salen.

Me muevo. Intento seguir el ritmo de mis dedos. Los alejo un poco y los llevo a mis labios, quiero cerrar los ojos y memorizar mi sabor. Ese sabor a pasión, deseo, placer; ese sabor tan mío.

Me gusta lo que pruebo. El rio entre mis piernas se incrementa. Mi lengua moja mis dedos, los prepara para volver a moverse entre mis muslos. Mi otra mano recorre cada espacio, lo acaricia, lo aprieta, lo saborea.

Las voces se escuchan más cerca, más fuertes. No me importa. Solo necesito tres minutos más.

Con delicadeza froto el centro. Siento como se disparan por mi cuerpo sensaciones, cosquilleos. Respiro profundo, ahogo el deseo de gritar. Llevo mis dedos una vez más a mis labios, esta vez los mojo más, los llevo entre mis piernas y le doy pequeños golpes. Las sensaciones son más intensas, los cosquilleos invaden cada espacio de mí. Mi mano sigue apretando mis pechos, mis muslos, mis caderas.

Las voces están justo detrás de la puerta o ¿están en mi cabeza? No importa. Comienzo a distinguirla. No importa. Un minuto más.

Levanto mis nalgas, quiero que los dedos entren con mayor fuerza, más profundo, quiero sentir más. Aumenta el ritmo, intento no hacer ruido, pero no aguanto, exploto, grito, me aprieto más fuerte. El agua entre mis piernas aumenta, no quiero que se acabe, continuó moviendo mis dedos, sigo gritando.

La puerta se abre. Abro los ojos.

Yo logro venirme.

Veo quien está en la puerta, pero no me reconoce. Giro un poco la cabeza y me miro en el espejo.  Reconozco mis labios, mis ojos, mi cuerpo; esta mujer sí soy yo y no la que  me mira parada en la puerta de mi cabeza.

Recuerdos

Me prometí que no escribiría de ti,
y no lo haré.

Pero hay que recordar para no repetir,
hay que recordar para perdonar,
hay que recordar para anticipar el fin.

Nunca hubo un nosotros en tiempo futuro.
Nunca fuimos el plural de la primera persona gramatical.
porque detrás de tantos nunca,
se escondía un siempre lo supe.

Recuerdo el primer beso,
lo recuerdo como sello que marcaba el comienzo del fin.
Recuerdo largas conversaciones,
recuerdo risas,
recuerdo como tal perfección jamás llegó a nada.

Me prometí que no escribiría de ti,
y no lo haré.
pero hay que recordar para no repetir.

Escribo de mí,
de cómo me siento.
Recuerdo para no repetir.